domingo, 18 de mayo de 2014

SEGUIR




Lo había pensado muy bien - lo puedo recordar con suma claridad-... Nada de aquello era fruto de una fugaz elucubración. Y ahí estábamos, acomodados -como mejor podíamos- en el pequeño sedán. 
Casi siempre viajaba en el asiento del copiloto -aludiendo al pretexto de las piernas largas que necesitan más espacio-. Ese día -no sé por qué- compartimos con mi hermana mayor el asiento de atrás -que a decir verdad no era nada incomodo-, comenzaba a clarear y el firmamento lucía su mejor tono grisáceo, ese mismo que a fuerza de ambigüedad nos hace dudar sobre si se trata de un amanecer, o quizás esta anocheciendo. 
Era dos de agosto -y lo único que me parecía importante era que se trataba de la fecha que el azar me había escogido para partir- aquel día me pareció el camino hacia el aeropuerto mucho más corto que de costumbre. Y de pronto el miedo, me hizo pronunciar unas extrañas palabras: Lo he pensado bien, he decidido no partir, será mejor que regresemos.
Mi padre -quizás no terminando de creer aquella extraña escena- se limitó a estacionarse a la orilla de la carretera. Y un respetuoso silencio invadió el interior de aquel pequeño y humilde automóvil. Solamente estábamos mis hermanas, mi padre, mi madre y yo. Y como el amor -cuando es verdadero- sabe hablar incluso sin palabras, el tiempo transcurría sin prisas y nadie se atrevía a interrumpir aquel "sagrado" momento.
Mi hermana mayor -quizás temiendo echar a perder algo que a todas luces no parecía  era de Dios- se limitó a insinuar una leve negación con el índice y sacando un bolígrafo de su bolsillo tomó mi mano derecha, la extendió completamente y dibujó una enorme flecha apuntando hacia adelante. Y luego con voz casi imperceptible me dijo al oído: Siempre hacia adelante. Y de pronto todo se volvió más claro, ya no cabía duda, no se trataba de un ocaso disfrazado de aurora, estaba realmente amaneciendo y el sol iluminaba cada vez con más fuerza el camino, entonces me dí cuenta que era necesario SEGUIR.