domingo, 25 de agosto de 2013

EL SUEÑO DE DIOS...




Una de las cosas más fáciles para eludir nuestra responsabilidad, es culpar a los otros de nuestros errores y de nuestras malas decisiones...
Pensando un poco, me doy cuenta que el problema radica en el enfoque que le damos a nuestra vida... En ocasiones nuestra visión se vuelve excesivamente horizontal... Y paulatinamente nuestras alas se van atrofiando hasta quedarnos solamente en el ámbito de lo rastrero.
¿Cómo garantizar que estamos haciendo lo correcto? Una pregunta que seguramente a todos se nos ha cruzado por la mente en más de una ocasión...
Y buscamos garantías... Tristemente garantías humanas que no garantizan nada... Y así nos construímos cisternas agrietadas identificando lo que verdaderamente tenemos que hacer con lo que le gusta a los demás, con lo que suscita la aprobación de los que nos rodean, con lo que nos da prestigio... 
Nada más alejado de la realidad, que pensar que el canon de bondad lo determina el común consenso de un grupo...
Seguramente en este contexto escucharemos con una fuerza renovada las palabras contenidas en la profecía de Jeremías: Maledictus homo qui confidit in homine!... Cuántas veces nuestro referente son las personas -buenas quizás- y no Dios...  Personas buenas, sabias... Pero que no dejan de ser miserables, criaturas imperfectas, paralíticas para el bien... (Cf. C. LUBICH, El primer amor, Ciudad Nueva, Madrid 2011, p. 128).
Que torpes somos cuando nuestro objetivo es quedar bien ante los demás, cuánto desperdicio de fuerzas, cuanto tiempo perdido en vano...
Nos movemos entre nuestro gusto y el gusto de los demás y olvidamos lamentablemente al que verdaderamente importa... 
Leyendo un bonito libro de Chiara Lubich, me encontré un párrafo muy iluminador que vale la pena meditarlo para hacerlo propio:
Están en la edad de los sueños, pero dejen que sueñe Otro: quien los ha creado, conoce su inteligencia, su voluntad, sus fuerzas, sus gustos, sus tendencias y sus talentos. Ese Otro es Dios y tiene un designio para ustedes. Dios es como el sol, después están los rayos y cada uno de nosotros debe caminar en su propio rayo hacia Dios, esto significa en su voluntad... (Cf. C. LUBICH, La voluntad de dios, Ciudad Nueva, Buenos Aires, 2011, p. 22).

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