miércoles, 6 de junio de 2012

JESÚS EUCARISTÍA

Una reflexión llena de fuerza que seguramente renovará en nosotros el acontecimiento de Emaús... Se nos abrirán los ojos al reconocer al Señor en la fracción del Pan:

La Eucaristía tiene como fin hacernos Dios (por participación). Mezclando la carne vivificada -por el Espíritu Santo- y vivificante de Cristo con la nuestra, nos diviniza en el alma y en el cuerpo. Es decir, nos hace Dios.
Ahora bien, Dios no puede estar más que en Dios. Por eso la Eucaristía hace entrar al cristiano que se alimenta de ella dignamente, en el seno del Padre, coloca al hombre en la Trinidad en Jesús.
Al mismo tiempo la Eucaristía no hace esto con un solo hombre, sino con muchos, los cuales siendo todos Dios, ya no son muchos, sino uno. Son Dios y todos juntos están en Dios. Son uno con Él, están perdidos en Él.
Pues bien, esa realidad que la Eucaristía realiza es la Iglesia. ¿Qué es la Iglesia? Es el uno provocado por el amor recíproco de los cristianos y por la Eucaristía. La Iglesia está formada por hombres divinizados, hechos Dios, unidos al Cristo, que es Dios, y entre ellos. Si quisiéramos verlo todo de un modo humano, expresado en términos humanos -con un ejemplo que la Escritura usa-, la Iglesia es un cuerpo cuya cabeza es Cristo glorioso.
Pero como Cristo está en el seno de la Trinidad, la Iglesia también está llamada a estar  -y lo está ya desde la tierra en los miembros en que la Eucaristía actúa- en el seno del Padre.  Y si en parte no lo está todavía, está en el camino hacia él.
Además el hombre arrastra consigo toda la creación, porque es síntesis de ella. Todo lo que ha salido de Dios vuelve, pues, por la Eucaristía, a la Trinidad...

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