miércoles, 7 de diciembre de 2011

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN


En esta solemnidad de la Santísima Virgen María, simplemente quiero compartir una hermosa reflexión que sintoniza perfectamente con la celebración y que nos hace descubrir la faceta del compromiso cristiano que contiene en sí el dogma de la Inmaculada Concepción...

En esta fiesta litúrgica de la Virgen escuchamos una página de la Escritura que es en realidad impresionante.
Me impactó porque en ella, por primera vez en la Biblia, se encuentra la palabra de maldición: "Maldita la serpiente más que todas las bestias salvajes" (Gn 3, 14).
La maldición de la serpiente es símbolo de la maldición de todas aquellas cosas que arruinan al hombre.
Me impactó porque pienso en cuántas otras veces la palabra "maldición" se ha repetido desde entonces, en cuántas otras veces se han lanzado en el mundo maldiciones unos contra otros, en cuántas veces hemos llegado a maldecirnos a nosotros mismos y hasta a maldecir a Dios.
A partir de la narración que la Escritura nos presenta, el signo doloroso del pecado y de la tristeza entró en el mundo y, por así decir, nos persigue.
Tal vez no siempre llegamos a pronunciar esa palabra, pero hay tantas cosas en nosotros, a nuestro alrededor, en la sociedad que no funcionan, que nosotros no queremos y que originanen nosotros un movimiento de rebelión.
Nos rebelamos contra nosotros mismos, porque no somos siempre lo que quisiéramos ser; nos rebelamos contra los demás que consideramos la causa de de que las cosas no vayan bien; nos rebelamos también contra Dios, porque no sabemos comprender cuanto nos ama Dios...
Es, pues, una palabra terrible que se reproduce en la historia humana, lo mismo que se reproduce el pecado. El pecado es la verdadera causa de todos los descontentos, de todas la tristezas, de todas las guerras, de todas aquellas cosas que son en realidad la maldición del hombre.
Y he aquí que el Evangelio nos trae el recuerdo de la palabra contraria a maldición: "Bendita tú, bendita entre las mujeres" (Lc 1, 42). Esta palabra dirigida a María es símbolo de lo mejor de nosotros mismos.
Estamos llamados a no maldecirnos a nosotros mismos ni a los demás: En realidad estamos llamados a bendecir a Dios, a bendecir la vida, a bendecir el futuro. La virgen es símbolo de todo aquellos que quisiéramos ser, es símbolo de lo que quisiéramos que el mundo fuera, de lo que quisiéramos que los demás fueran, de lo que quisiéramos que fuera la sociedad.
Rezando hoy a la Virgen, hagámoslo pues, con lo mejor de nosotros mismos, con todo lo bueno que hay en nosotros. Oremos para que todo este bien se extienda, oremos para que lo que en nosotros es quizás un espacio de luz se haga más ámplio, oremos para que aumente lo que en nosotros es tan sólo un respiradero de serenidad.
Podemos desear que la Virgen entre en nuestra vida con su bendición de modo que podamos decir con toda verdad: "Bendita eres, María, entre todas las mujeres", "Hazme partícipe de tu bendición, haz que yo sienta cuanto hay en mí que puede llegar a ser parte de tu bendición"...

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