domingo, 6 de noviembre de 2011

NUESTROS AMIGOS





El pasado 1 de noviembre estuvimos celebrando la Solemnidad de todos los Santos... Hay tanto que decir... Tanto que existe el enorme riesgo de redundar o como dicen los españoles de rizar el rizo...
Empeñado en evitar ese desagradable repetir lo mismo, decidí no hacer ninguna entrada en torno a dicha celebración... Sin embargo, providencialmente me encontré con esta reflexión del Cardenal Martini que me ha llamado sumamente la atención y me parece interesante para compartir:

Los santos llaman a los santos. Lo que decidió la conversión de San Agustín fue la lectura de la vida de San Antonio escrita por San Atanasio: once siglos después Santa Teresa de Avila leerá "Las Confesiones" y escribirá: "Cuando leí las palabras de Agustín escuchó en el jardín, me pareció que el Señor las dirigía a mí, tan grande fue la emoción de mi corazón"; y la vida de Teresa dio un vuelco que la llevó a la santidad.
Cuatro siglos después Edith Stein, la carmelita hebrea asesinada en Auschwitz se convirtió leyendo la vida de Santa Teresa, dejó la carrera académica de la Universidad y entró en el Carmelo.
Los santos llaman a los santos, y la vida de los santos nos llama a todos nosotros. Podemos, pues, sacar una conclusión sencilla y al mismo tiempo muy práctica: volvamos a leer la vida de los santos. Hoy no faltan biografías escritas con espíritu sanamente crítico, teniendo en cuenta el contexto histórico y el camino fatigoso de estos hermanos nuestros. No faltan las autobiografías, es decir, la vida que los santos cuentan de sí mismos, llenas de encanto y de interés, desde la más célebres, como las de Teresa de Avila o de Teresa del Niño Jesús, hasta otras de santos y santas de nuestros días.
En el Apocalipsis, San Juan describe la innumerable multitud de los testigos de Dios: estos testigos son nuestros compañeros de viaje. El amor que ellos nos tienen nos asegura que no pueden separarse de nosotros, no pueden amarnos e interceden por nosotros: unidos perfectamente a Cristo, están en profunda comunión con los que son de Cristo. Nosotros podemos llegar a ser amigos de los santos del cielo, se puede establecer entre ellos y nosotros una relación de amistad simpática e iluminante. Más aún, mientras en la amistad con quien todavía está sobre la tierra vivimos tan maravillosas experiencias, pero chocamos contra nuestras limitaciones y nuestras incapacidades de amar como quisiéramos, en la amistad con los Santos experimentamos ya la inefable y perfecta comunión con Dios, la paz de la divina presencia, la paz sin malos entendidos y, en cierto modo, poseemos esa alegría, esa felicidad que es nuestro eterno destino. (MARTINI,C.M., Por los Caminos del Señor, San Pablo, 1995, p. 486-487).

Simplemente impresionante...

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